No es para menos, antes del derrumbe había casi un consenso unánime de que la Bolsa de Nueva York iba a seguir subiendo como venía haciéndolo desde hacía cinco años. El clima de fiesta interminable que se vivía en Wall Street se respiraba también Londres, Frankfurt, Hong Kong, San Pablo, Buenos Aires y otras tantas plazas del planeta.
“El mercado se sentía fenomenalmente bien, las rentabilidades en Wall Street eran espectaculares – afirma Carlos Olivieri, asesor financiero de Raymond James y ex director económico financiero de Repsol YPF en la Argentina -. Todo estaba demasiado bien. Había compañías que valían cifras que no estaban soportadas por sus fundamentals. Se compró mucha espuma en todo esto y, ahora, estamos viviendo la situación inversa: la del súper castigo”.
Gustavo Neffa, profesor de la Especialización en Mercado de Capitales de la Universidad de Buenos Aires, coincide. “Con el precio objetivo del mercado alcista apalancado y cinco años atrás de subas, la crisis era una realidad que nadie pensaba. En junio de 2007, ¿no te imaginabas un Dow Jones a 20.000? Quizás sí. Llegó a haber un libro que lo pronosticaba”, destaca.
La suba exponencial que tuvieron los mercados no hace más que corroborar la famosa sentencia del ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, cuando dijo que la Bolsa vivía una “exuberancia irracional”, en referencia a las fuertes alzas registradas en los ’90 durante la burbuja de las puntocom.
Lo que intentaba advertir el ex titular de la Fed era que en esa época, como ahora, se estaba entrando en una burbuja sin darse cuenta y que las consecuencias de su explosión perjudicarían a la economía de su país y del mundo.
“No hay más ciego que el que no quiere ver. Cuando uno observa lo que pasó, se da cuenta de que están todos los signos propios de una burbuja, con suba meteórica de precios y concentración de la actividad. Todo el mundo empezó a notarlo, pero lo que pasa es que no sabés cuándo va a explotar”, afirma Marcelo Elbaum, director de Convexity Asset Management.
Esa era la preocupación del ex titular de la Fed que sus sucesores no supieron o no quisieron ver. Según destaca el periodista Bob Woodward en su libro Greenspan, cuando les pidió a sus asesores que hicieran un estudio sobre si los EE.UU. se encontraban en una burbuja en los ’90, llegaron a dos conclusiones: “No se puede determinar de forma racional que uno se encuentra dentro de una burbuja. La burbuja sólo se puede percibir una vez que ha estallado”, resalta.
A su vez, agrega que el propio Greenspan explicó que prever su existencia “sería como contrastar el propio criterio contra millones de inversores, muchos de los cuales eran muy entendidos”.
Eso fue lo que pasó en esta crisis: la mayoría creyó que los mercados seguirían con su marcha alcista y, unos pocos predijeron la catástrofe que se avecinaba. “En octubre de 2007, quién decía que el mercado iba a caer un año seguido. Tampoco podías saber que iba a ser ni tan larga ni tan profunda. Muy pocos se dieron cuenta”, destaca Neffa.
Sin embargo, esto fue lo que ocurrió desde el 11 octubre de 2007, cuando el índice Dow Jones tocó su máximo histórico de 14.279,96 puntos. A partir de ese momento, los mercados empezaron a perder terreno hasta alcanzar su piso de 6.440,08 puntos, el 9 de marzo de 2009, lo que implica una caída de casi el 55% de su valor en 17 meses. En el medio, desaparecieron la mayoría de los bancos de inversión de los EE.UU.
Fuente: Mercado
Si bien las pérdidas en el capital, provocadas por el derrumbe de las Bolsas, significaron un impacto importante para las millones de personas que tenían colocado su dinero en acciones, fondos de inversión y otros productos financieros, esta no fue la mayor desilusión que sufrieron por la crisis.
Existen otros dos factores que erosionaron más aún la confianza en los mercados de los inversores: los errores en los pronósticos de los grandes especialistas de las finanzas mundiales y la estafa de 65.000 millones de dólares que realizó el ex presidente del Nasdaq, Bernard Madoff.
Los oráculos del mercado
Una de las mayores decepciones que provocó esta crisis tiene que ver con las recomendaciones de inversión, tanto de parte de los asesores financieros como de los analistas que erraron sus pronósticos tanto a la hora de predecir la caída de los mercados, como en estimar los precios de activos (petróleo, soja, Dow Jones, etc.) y colocar una calificación crediticia a empresas y productos estructurados, como los vinculados a las hipotecas subprime que hicieron explotar el sistema financiero mundial.
“El presidente de Goldman Sachs dijo en una conferencia: ‘La confianza en la compañía va a tardar años en volver, toda esta década vamos a estar recomponiendo la confianza que teníamos antes’”, afirma Neffa.
En tanto, Elbaum sostiene que “fue devastadora la caída en la confianza de los inversores. Está muy minada porque hay mucha gente que perdió mucha plata y no quiere saber de nada con el dinero virtual. La desconfianza es un hecho, está en los mercados”.
Este es un tema por demás delicado ya que la mayoría de los pequeños y medianos ahorristas se vio decepcionada por sus referentes, a quienes seguían con fidelidad, y a los que aún no han encontrado forma de sustituir.
“Lo que se impone es la necesidad de no confiar en la evaluación de un tercero. Es decir, hago mi propio análisis porque ya no se puede confiar en nadie - afirma Olivieri -. Hay que buscar un asesor que lo guíe y tener cuidado de quién es. Hay mucha gente que no tiene la experiencia suficiente como para orientar y evaluar todos los riesgos”.
Por su parte, Javier Epstein, socio de JPE Capital Management y ex director asociado de Bear Stearns en New York, destaca que en el mundo de los asesores financieros hay que andar con mucho cuidado ya que esta “es una industria en la que hay muchos chantas. Tenés gente que habla mucho y que lee poco. Hay que tomar con pinzas muchos de los comentarios y usarlos sabiendo a quién van dirigidos”.
Los errores en las recomendaciones de los asesores llevaron a los inversores inexpertos a colocar su dinero en instrumentos riesgosos. El problema es que muchos de ellos formaban parte de bancos y agentes de agentes de Bolsa, y sus remuneraciones estaban vinculadas a las comisiones surgidas por las ventas de los productos que ofrecían sus compañías. Esto generó un conflicto de intereses.
“¿Querés darle tu dinero a un asesor independiente o a un banquero privado que trabaje para que el sueldo se lo pague la compañía, donde hay conflicto de intereses, donde te quiere ayudar pero, al mismo tiempo, tiene que pagar el colegio de los chicos y le ponen presión para que genere el 1 o 1,5% sobre los activos?”, se pregunta Epstein.
Una situación similar se dio entre los bancos de inversión que, por un lado, calificaban y emitían informes favorables de compañías, índices, commodities y hasta deuda de países, como la Argentina y, por el otro, administraban carteras de inversión de sus propios clientes y les ofrecían para que compraran estos mismos productos.
“No podés ser juez y parte. ¿Goldman Sachs de qué vive? De las comisiones que generan sus clientes con la rotación de carteras, y va a trabajar para que los portafolios se muevan. Entonces, un día va a dar un pronóstico para arriba, otro para abajo, porque su negocio es precisamente ese”, afirma Claudio Claudio Zuchoviki, gerente de Desarrollo del Mercado de Capitales de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.
Javier Salvucci, analista de Silver Cloud Advisor, concuerda y agrega que “la mayoría de los analistas trabajaba en bancos de inversión, entonces, era imposible que ellos mismos dieran pronósticos negativos del sistema financiero, por conflictos de intereses”.
En tanto, Neffa destaca que “el inversor tiene que saber que los broker y los generadores de información financiera son una industria y viven de las comisiones. Generalmente, los research están sesgados a favor de vender el producto. Esto deriva en mayores recomendaciones de compra que de venta de un determinado activo. Más allá de la coyuntura, siempre hay en promedio un 70% de recomendaciones de compra y un 30% de venta”.
El crecimiento eterno
Otro punto para comprender el porqué fallaron los pronósticos es el que podría denominarse la bola de nieve. O sea, los especialistas iban aumentando sus estimaciones de crecimiento para los mercados a medida que estos subían, sin pensar que, en algún momento, la tendencia podría terminarse.
Eso impulsaba a los inversores a querer sumarse a la fiesta, por lo que había que incentivarlos. Como dice una de las máximas bursátiles en Nueva York: “Los pesimistas generalmente no trabajan en Wall Street, porque no son capaces de vender acciones”. En esto coinciden todos los especialistas consultados por Perfil.
“Los mercados, al igual que los inversores, son pro-cíclicos. Cuando todo sube muy rápido y con dinero fácil, es mucho más fácil trazar objetivos, que la gente se los coma, y vender productos y research. La rueda sigue girando – afirma Neffa -. Los analistas corren detrás de los hechos, no delante. Ellos también son pro-cíclicos cuando, en realidad, tendrían que decir: tal cosa se está sobrecalentado, vendan; o si hay una oportunidad, compren”.
Elbaum coincide y agrega que “en general, los analistas, como todo ser humano, tienen un exceso de optimismo. Cuando las cosas van bien, piensan que siempre van a andar mejor. A todos les convenía porque había muchos intereses creados. Esto pasó en toda la historia, en todas las burbujas”.
Epstein concuerda en esto último. “Con los research pasa siempre lo mismo. En un momento eufórico, son un participante del mercado como cualquiera, se juegan por las puntocom o porque Amazon va a llegar a 300 dólares. Pero, también, son víctimas del ambiente que se vive y, a veces, victimarios porque se utiliza lo que dicen que va a pasar como si, fuese verdad”, resalta.
Eso llevó a que fueran pocos los analistas que se opusieron a la corriente de pensamiento reinante antes de la crisis. Entre los pocos casos, se puede destacar el de Meredith Whitney, la ex gerente de Oppenheimer & Co., y el del economista y profesor de la New York University, Nouriel Roubini. Sin embargo, no muchos los oyeron.
“Es muy difícil ver a algún analista ponerse en contra del mercado, porque lo más probable es que se lo lleven puesto. No obstante, había alguna que otra voz que se alzaba en contra de todo este ciclo y te ponía algunas causas que, a la luz de hace seis u ocho meses, por ahí, no eran del todo fundamentadas porque el ciclo estaba bastante firme”, afirma Salvucci.
El gran simulador
El otro tema que minó la confianza de los inversores fue la estafa de 65.000 millones de dólares realizada por el ex presidente del Nasdaq, Bernard Madoff, ya que dejó la sensación de que cualquier producto complejo puede tener detrás un engaño similar al suyo.
“Algo se quebró en la confianza en el sistema financiero. Me llegaban dos o tres productos estructurados por día para vender y circular y, ahora, ninguno - afirma Neffa -. Hoy no podés armar ningún producto medio raro y menos apalancado, porque no te lo compra nadie o te van a decir: ‘¿Quién está detrás, otro Madoff?’. La confianza se quebró y va a tardar muchos años en recuperarse”.
Una de las más perjudicadas por esta estafa fue la industria de fondos de cobertura (hedge funds). Así, en el primer trimestre de 2009, los clientes pidieron retirar 85.000 millones de dólares de estos instrumentos, según la firma Hedge Fund Research. Esta cifra no tiene precedentes en la historia y supera a los 50.000 rescatados en los últimos tres meses de 2008.
Pero para entender cómo llegó Madoff a estafar a tanta gente, hay que analizar tres factores esenciales que se conjugaron en este caso: la confianza, la codicia y la abundancia de dinero.
Sus décadas de experiencia como un exitoso agente de Bolsa, le permitieron alcanzar la presidencia del Nasdaq y ser en una de las personas más famosas de Wall Street. Con esa reputación intachable bajo el brazo, salió a ofrecerles a un selecto grupo de millonarios rendimientos exorbitantes con la seguridad de que su capital estaba resguardado.
Como siempre pagaba lo que prometía, su fama se fue esparciendo y cada vez más magnates pidieron entrar en el negocio tentados por las tasas y la confianza. Allí, es donde se conjugaron los dos primeros factores.
“Lo más impactante es cómo la gente usó cosas efímeras para decidirse a elegir. Muchos dijeron: ‘Si lo hace Fulanito y Madoff fue presidente del Nasdaq, debe estar bien’. Le dieron su dinero porque pagaba un poco más”, afirma Epstein.
Allí, aparece el tercer factor que tiene que ver con la “exuberancia irracional” de la que hablaba Greenspan, con la sobreabundancia de dinero que hacía subir los mercados hasta límites impensados. Nadie se quería quedar afuera de la fiesta por lo que dejaron de controlar en profundidad dónde invertían sus ahorros.
“Lo que pasó con Madoff no deja de ser otra dimensión de la desmesura en la que se creó liquidez y la imprudencia con la que se distribuyó – resalta Gustavo Cañonero, director gerente de Deutsche Bank en Nueva York -. No quiero decir que esto sea imposible en otro contexto, pero estaría dramáticamente limitado por un adecuada valuación del riesgo y la liquidez”.
Elbaum coincide y destaca que “en las burbujas aparecen todos los fraudes”. Mientras que Epstein subraya que “cuando pasan estas cosas, son síntomas de excesos. Es como dice Warren Buffet: ‘Cuando baja la ola se ve quién estaba nadando desnudo”. Acá, hubo mucha gente que estaba nadando desnuda”.
Con vista al futuro
¿Todos estos golpes habrán quedado registrados en la mente de los inversores para evitar volver a repetirlos en el futuro? La respuesta no es demasiado esperanzadora. “El inversor actual ya no es el de 2007. El de ahora va a tener mucho más cuidado con lo que le quedó, y será responsable de qué es lo que está haciendo y cómo lo está haciendo”, afirma Nilda de Boyrie, directora estratégica del Latin America Center de Charles Schwab.
Sin embargo, sus colegas argentinos son mucho más escépticos con las enseñanzas que puedan rescatarse, quizás por la experiencia que traen a cuesta por haber visto pasar numerosas crisis en el país y notar como las personas siempre terminan cayendo dos veces en el mismo error.
“El capital, el dinero no tiene demasiada memoria. Si no, nadie hubiera puesto plata de nuevo en Citigroup o en General Motors”, explica Salvucci. Neffa concuerda y agrega: “Los mercados suelen tener una memoria corta porque siempre hay una oportunidad para hacer plata. Mucha gente que tuvo bonos argentinos defaulteados volvió a comprarlos. Cuatro años después de reestructurar la deuda, tenemos idénticos problemas. Sin embargo, los quieren comprar porque ven un rendimiento atractivo que podría compensar el riesgo de tenerlos”.
RECUADRO
Pronósticos errados
Existen numerosos ejemplos de pronósticos errados de los analistas a la hora de predecir la crisis y sobre los valores que podrían alcanzar tanto los commodities como las acciones de las diferentes compañías.
Uno de ellos tiene que ver con el precio del petróleo. La estimación más jugada fue la que lanzó el analista de Goldman Sachs, Arjun Murti, el 5 de mayo de 2008 cuando afirmó que podría llegar a los 200 dólares por barril en los dos años siguientes.
“La posibilidad de 150-200 dólares por barril parece cada vez más probable en los próximos 24 meses, aunque predecir el último pico de los precios del petróleo, así como el resto de la duración del ciclo alcista sigue siendo un gran incertidumbre”, sostuvo.
En tanto, el Credit Suisse estimaba el 20 de mayo de 2008 que el crudo podría cotizarse a 150 dólares por barril para 2010. Si bien su valor llegó hasta los 147,27 el 11 de julio del año pasado, luego cayó en forma sostenida hasta los 40 dólares a principios de 2009, para finalmente recuperarse y estabilizarse en cerca de los 50, en la actualidad.
Fuente: Mercado
Mirá quién habla
La capacidad de pago de la deuda del gobierno argentino está en la mira de los analistas desde hace varios meses. Razones no les faltan y las medidas de aumentar las retenciones al campo y estatizar las AFJP sólo ayudan a corroborar las presunciones que existen en Wall Street, aunque se mantienen cautos sobre lo que pueda ocurrir en el futuro.
Sin embargo, hubo un banco que el 13 de agosto de 2008 se jugó en anunciar que el país estaba al borde de la cesación de pagos: Lehman Brothers. Lo más llamativo fue que ellos terminaron presentando la bancarrota un mes después.
“Los mercados han comenzado a preguntarse si el país podría está al borde de otro default. Pocos participantes del mercados, si es que alguno, han olvidado los costos y el drama asociados al default anterior. Como resultado, los mercados están altamente sensibilizados”, afirmaba en su informe.
A su vez, sostenía que “la Argentina parece deslizarse rápidamente hacia una posición desfavorable con costos prohibitivos de financiamiento, en momentos en que el fondeo es cada vez más escaso”, aunque para atajarse, concluía diciendo que estimaba que toda reestructuración potencial de la deuda era “improbable hasta 2010”.
Mala nota
La tarea de las calificadoras de riesgo es estudiar la situación financiera en la que se encuentran las empresas y ponerles una nota. En base a eso, los inversores saben el nivel de seguridad que tiene la operación que van a realizar.
Sin embargo, en los casos de Lehman Brothers y AIG fallaron en advertirle al público que ambas compañías estaban en graves problemas y que colocar el dinero en ellas podría ser arriesgado. Por el contrario, las mantuvieron dentro del grupo de las más confiables.
El caso más resonante fue el del banco de inversión ya que la agencia Standard & Poor’s (S&P) lo calificó con una A (con un máximo de AAA), Fitch Ratings con A+ y Moody’s Investor Services con A2, en los primeros días de septiembre de 2008 y el 15 de ese mes se declaró en bancarrota.
Algo similar ocurrió con AIG: S&P y Fitch la calificaron con AA- y Moody’s con Aa3 y la aseguradora debió ser rescatada el 16 de septiembre por el gobierno estadounidense quien le inyectó 85.000 millones dólares para salvarla. Al día siguiente, las tres le redujeron la nota a A-, A y A2, respectivamente, y se la mantuvieron hasta la actualidad, a pesar de los continuos problemas financieros que sigue mostrando la compañía.
“El mercado se sentía fenomenalmente bien, las rentabilidades en Wall Street eran espectaculares – afirma Carlos Olivieri, asesor financiero de Raymond James y ex director económico financiero de Repsol YPF en la Argentina -. Todo estaba demasiado bien. Había compañías que valían cifras que no estaban soportadas por sus fundamentals. Se compró mucha espuma en todo esto y, ahora, estamos viviendo la situación inversa: la del súper castigo”.
Gustavo Neffa, profesor de la Especialización en Mercado de Capitales de la Universidad de Buenos Aires, coincide. “Con el precio objetivo del mercado alcista apalancado y cinco años atrás de subas, la crisis era una realidad que nadie pensaba. En junio de 2007, ¿no te imaginabas un Dow Jones a 20.000? Quizás sí. Llegó a haber un libro que lo pronosticaba”, destaca.
La suba exponencial que tuvieron los mercados no hace más que corroborar la famosa sentencia del ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, cuando dijo que la Bolsa vivía una “exuberancia irracional”, en referencia a las fuertes alzas registradas en los ’90 durante la burbuja de las puntocom.
Lo que intentaba advertir el ex titular de la Fed era que en esa época, como ahora, se estaba entrando en una burbuja sin darse cuenta y que las consecuencias de su explosión perjudicarían a la economía de su país y del mundo.
“No hay más ciego que el que no quiere ver. Cuando uno observa lo que pasó, se da cuenta de que están todos los signos propios de una burbuja, con suba meteórica de precios y concentración de la actividad. Todo el mundo empezó a notarlo, pero lo que pasa es que no sabés cuándo va a explotar”, afirma Marcelo Elbaum, director de Convexity Asset Management.
Esa era la preocupación del ex titular de la Fed que sus sucesores no supieron o no quisieron ver. Según destaca el periodista Bob Woodward en su libro Greenspan, cuando les pidió a sus asesores que hicieran un estudio sobre si los EE.UU. se encontraban en una burbuja en los ’90, llegaron a dos conclusiones: “No se puede determinar de forma racional que uno se encuentra dentro de una burbuja. La burbuja sólo se puede percibir una vez que ha estallado”, resalta.
A su vez, agrega que el propio Greenspan explicó que prever su existencia “sería como contrastar el propio criterio contra millones de inversores, muchos de los cuales eran muy entendidos”.
Eso fue lo que pasó en esta crisis: la mayoría creyó que los mercados seguirían con su marcha alcista y, unos pocos predijeron la catástrofe que se avecinaba. “En octubre de 2007, quién decía que el mercado iba a caer un año seguido. Tampoco podías saber que iba a ser ni tan larga ni tan profunda. Muy pocos se dieron cuenta”, destaca Neffa.
Sin embargo, esto fue lo que ocurrió desde el 11 octubre de 2007, cuando el índice Dow Jones tocó su máximo histórico de 14.279,96 puntos. A partir de ese momento, los mercados empezaron a perder terreno hasta alcanzar su piso de 6.440,08 puntos, el 9 de marzo de 2009, lo que implica una caída de casi el 55% de su valor en 17 meses. En el medio, desaparecieron la mayoría de los bancos de inversión de los EE.UU.
Rendimiento (en puntos) del Dow Jones en los últimos 10 años
Fuente: MercadoSi bien las pérdidas en el capital, provocadas por el derrumbe de las Bolsas, significaron un impacto importante para las millones de personas que tenían colocado su dinero en acciones, fondos de inversión y otros productos financieros, esta no fue la mayor desilusión que sufrieron por la crisis.
Existen otros dos factores que erosionaron más aún la confianza en los mercados de los inversores: los errores en los pronósticos de los grandes especialistas de las finanzas mundiales y la estafa de 65.000 millones de dólares que realizó el ex presidente del Nasdaq, Bernard Madoff.
Los oráculos del mercado
Una de las mayores decepciones que provocó esta crisis tiene que ver con las recomendaciones de inversión, tanto de parte de los asesores financieros como de los analistas que erraron sus pronósticos tanto a la hora de predecir la caída de los mercados, como en estimar los precios de activos (petróleo, soja, Dow Jones, etc.) y colocar una calificación crediticia a empresas y productos estructurados, como los vinculados a las hipotecas subprime que hicieron explotar el sistema financiero mundial.
“El presidente de Goldman Sachs dijo en una conferencia: ‘La confianza en la compañía va a tardar años en volver, toda esta década vamos a estar recomponiendo la confianza que teníamos antes’”, afirma Neffa.
En tanto, Elbaum sostiene que “fue devastadora la caída en la confianza de los inversores. Está muy minada porque hay mucha gente que perdió mucha plata y no quiere saber de nada con el dinero virtual. La desconfianza es un hecho, está en los mercados”.
Este es un tema por demás delicado ya que la mayoría de los pequeños y medianos ahorristas se vio decepcionada por sus referentes, a quienes seguían con fidelidad, y a los que aún no han encontrado forma de sustituir.
“Lo que se impone es la necesidad de no confiar en la evaluación de un tercero. Es decir, hago mi propio análisis porque ya no se puede confiar en nadie - afirma Olivieri -. Hay que buscar un asesor que lo guíe y tener cuidado de quién es. Hay mucha gente que no tiene la experiencia suficiente como para orientar y evaluar todos los riesgos”.
Por su parte, Javier Epstein, socio de JPE Capital Management y ex director asociado de Bear Stearns en New York, destaca que en el mundo de los asesores financieros hay que andar con mucho cuidado ya que esta “es una industria en la que hay muchos chantas. Tenés gente que habla mucho y que lee poco. Hay que tomar con pinzas muchos de los comentarios y usarlos sabiendo a quién van dirigidos”.
Los errores en las recomendaciones de los asesores llevaron a los inversores inexpertos a colocar su dinero en instrumentos riesgosos. El problema es que muchos de ellos formaban parte de bancos y agentes de agentes de Bolsa, y sus remuneraciones estaban vinculadas a las comisiones surgidas por las ventas de los productos que ofrecían sus compañías. Esto generó un conflicto de intereses.
“¿Querés darle tu dinero a un asesor independiente o a un banquero privado que trabaje para que el sueldo se lo pague la compañía, donde hay conflicto de intereses, donde te quiere ayudar pero, al mismo tiempo, tiene que pagar el colegio de los chicos y le ponen presión para que genere el 1 o 1,5% sobre los activos?”, se pregunta Epstein.
Una situación similar se dio entre los bancos de inversión que, por un lado, calificaban y emitían informes favorables de compañías, índices, commodities y hasta deuda de países, como la Argentina y, por el otro, administraban carteras de inversión de sus propios clientes y les ofrecían para que compraran estos mismos productos.
“No podés ser juez y parte. ¿Goldman Sachs de qué vive? De las comisiones que generan sus clientes con la rotación de carteras, y va a trabajar para que los portafolios se muevan. Entonces, un día va a dar un pronóstico para arriba, otro para abajo, porque su negocio es precisamente ese”, afirma Claudio Claudio Zuchoviki, gerente de Desarrollo del Mercado de Capitales de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.
Javier Salvucci, analista de Silver Cloud Advisor, concuerda y agrega que “la mayoría de los analistas trabajaba en bancos de inversión, entonces, era imposible que ellos mismos dieran pronósticos negativos del sistema financiero, por conflictos de intereses”.
En tanto, Neffa destaca que “el inversor tiene que saber que los broker y los generadores de información financiera son una industria y viven de las comisiones. Generalmente, los research están sesgados a favor de vender el producto. Esto deriva en mayores recomendaciones de compra que de venta de un determinado activo. Más allá de la coyuntura, siempre hay en promedio un 70% de recomendaciones de compra y un 30% de venta”.
El crecimiento eterno
Otro punto para comprender el porqué fallaron los pronósticos es el que podría denominarse la bola de nieve. O sea, los especialistas iban aumentando sus estimaciones de crecimiento para los mercados a medida que estos subían, sin pensar que, en algún momento, la tendencia podría terminarse.
Eso impulsaba a los inversores a querer sumarse a la fiesta, por lo que había que incentivarlos. Como dice una de las máximas bursátiles en Nueva York: “Los pesimistas generalmente no trabajan en Wall Street, porque no son capaces de vender acciones”. En esto coinciden todos los especialistas consultados por Perfil.
“Los mercados, al igual que los inversores, son pro-cíclicos. Cuando todo sube muy rápido y con dinero fácil, es mucho más fácil trazar objetivos, que la gente se los coma, y vender productos y research. La rueda sigue girando – afirma Neffa -. Los analistas corren detrás de los hechos, no delante. Ellos también son pro-cíclicos cuando, en realidad, tendrían que decir: tal cosa se está sobrecalentado, vendan; o si hay una oportunidad, compren”.
Elbaum coincide y agrega que “en general, los analistas, como todo ser humano, tienen un exceso de optimismo. Cuando las cosas van bien, piensan que siempre van a andar mejor. A todos les convenía porque había muchos intereses creados. Esto pasó en toda la historia, en todas las burbujas”.
Epstein concuerda en esto último. “Con los research pasa siempre lo mismo. En un momento eufórico, son un participante del mercado como cualquiera, se juegan por las puntocom o porque Amazon va a llegar a 300 dólares. Pero, también, son víctimas del ambiente que se vive y, a veces, victimarios porque se utiliza lo que dicen que va a pasar como si, fuese verdad”, resalta.
Eso llevó a que fueran pocos los analistas que se opusieron a la corriente de pensamiento reinante antes de la crisis. Entre los pocos casos, se puede destacar el de Meredith Whitney, la ex gerente de Oppenheimer & Co., y el del economista y profesor de la New York University, Nouriel Roubini. Sin embargo, no muchos los oyeron.
“Es muy difícil ver a algún analista ponerse en contra del mercado, porque lo más probable es que se lo lleven puesto. No obstante, había alguna que otra voz que se alzaba en contra de todo este ciclo y te ponía algunas causas que, a la luz de hace seis u ocho meses, por ahí, no eran del todo fundamentadas porque el ciclo estaba bastante firme”, afirma Salvucci.
El gran simulador
El otro tema que minó la confianza de los inversores fue la estafa de 65.000 millones de dólares realizada por el ex presidente del Nasdaq, Bernard Madoff, ya que dejó la sensación de que cualquier producto complejo puede tener detrás un engaño similar al suyo.
“Algo se quebró en la confianza en el sistema financiero. Me llegaban dos o tres productos estructurados por día para vender y circular y, ahora, ninguno - afirma Neffa -. Hoy no podés armar ningún producto medio raro y menos apalancado, porque no te lo compra nadie o te van a decir: ‘¿Quién está detrás, otro Madoff?’. La confianza se quebró y va a tardar muchos años en recuperarse”.
Una de las más perjudicadas por esta estafa fue la industria de fondos de cobertura (hedge funds). Así, en el primer trimestre de 2009, los clientes pidieron retirar 85.000 millones de dólares de estos instrumentos, según la firma Hedge Fund Research. Esta cifra no tiene precedentes en la historia y supera a los 50.000 rescatados en los últimos tres meses de 2008.
Pero para entender cómo llegó Madoff a estafar a tanta gente, hay que analizar tres factores esenciales que se conjugaron en este caso: la confianza, la codicia y la abundancia de dinero.
Sus décadas de experiencia como un exitoso agente de Bolsa, le permitieron alcanzar la presidencia del Nasdaq y ser en una de las personas más famosas de Wall Street. Con esa reputación intachable bajo el brazo, salió a ofrecerles a un selecto grupo de millonarios rendimientos exorbitantes con la seguridad de que su capital estaba resguardado.
Como siempre pagaba lo que prometía, su fama se fue esparciendo y cada vez más magnates pidieron entrar en el negocio tentados por las tasas y la confianza. Allí, es donde se conjugaron los dos primeros factores.
“Lo más impactante es cómo la gente usó cosas efímeras para decidirse a elegir. Muchos dijeron: ‘Si lo hace Fulanito y Madoff fue presidente del Nasdaq, debe estar bien’. Le dieron su dinero porque pagaba un poco más”, afirma Epstein.
Allí, aparece el tercer factor que tiene que ver con la “exuberancia irracional” de la que hablaba Greenspan, con la sobreabundancia de dinero que hacía subir los mercados hasta límites impensados. Nadie se quería quedar afuera de la fiesta por lo que dejaron de controlar en profundidad dónde invertían sus ahorros.
“Lo que pasó con Madoff no deja de ser otra dimensión de la desmesura en la que se creó liquidez y la imprudencia con la que se distribuyó – resalta Gustavo Cañonero, director gerente de Deutsche Bank en Nueva York -. No quiero decir que esto sea imposible en otro contexto, pero estaría dramáticamente limitado por un adecuada valuación del riesgo y la liquidez”.
Elbaum coincide y destaca que “en las burbujas aparecen todos los fraudes”. Mientras que Epstein subraya que “cuando pasan estas cosas, son síntomas de excesos. Es como dice Warren Buffet: ‘Cuando baja la ola se ve quién estaba nadando desnudo”. Acá, hubo mucha gente que estaba nadando desnuda”.
Con vista al futuro
¿Todos estos golpes habrán quedado registrados en la mente de los inversores para evitar volver a repetirlos en el futuro? La respuesta no es demasiado esperanzadora. “El inversor actual ya no es el de 2007. El de ahora va a tener mucho más cuidado con lo que le quedó, y será responsable de qué es lo que está haciendo y cómo lo está haciendo”, afirma Nilda de Boyrie, directora estratégica del Latin America Center de Charles Schwab.
Sin embargo, sus colegas argentinos son mucho más escépticos con las enseñanzas que puedan rescatarse, quizás por la experiencia que traen a cuesta por haber visto pasar numerosas crisis en el país y notar como las personas siempre terminan cayendo dos veces en el mismo error.
“El capital, el dinero no tiene demasiada memoria. Si no, nadie hubiera puesto plata de nuevo en Citigroup o en General Motors”, explica Salvucci. Neffa concuerda y agrega: “Los mercados suelen tener una memoria corta porque siempre hay una oportunidad para hacer plata. Mucha gente que tuvo bonos argentinos defaulteados volvió a comprarlos. Cuatro años después de reestructurar la deuda, tenemos idénticos problemas. Sin embargo, los quieren comprar porque ven un rendimiento atractivo que podría compensar el riesgo de tenerlos”.
RECUADRO
Pronósticos errados
Existen numerosos ejemplos de pronósticos errados de los analistas a la hora de predecir la crisis y sobre los valores que podrían alcanzar tanto los commodities como las acciones de las diferentes compañías.
Uno de ellos tiene que ver con el precio del petróleo. La estimación más jugada fue la que lanzó el analista de Goldman Sachs, Arjun Murti, el 5 de mayo de 2008 cuando afirmó que podría llegar a los 200 dólares por barril en los dos años siguientes.
“La posibilidad de 150-200 dólares por barril parece cada vez más probable en los próximos 24 meses, aunque predecir el último pico de los precios del petróleo, así como el resto de la duración del ciclo alcista sigue siendo un gran incertidumbre”, sostuvo.
En tanto, el Credit Suisse estimaba el 20 de mayo de 2008 que el crudo podría cotizarse a 150 dólares por barril para 2010. Si bien su valor llegó hasta los 147,27 el 11 de julio del año pasado, luego cayó en forma sostenida hasta los 40 dólares a principios de 2009, para finalmente recuperarse y estabilizarse en cerca de los 50, en la actualidad.
Cotización del petróleo (en U$S) en los últimos cinco años
Fuente: MercadoMirá quién habla
La capacidad de pago de la deuda del gobierno argentino está en la mira de los analistas desde hace varios meses. Razones no les faltan y las medidas de aumentar las retenciones al campo y estatizar las AFJP sólo ayudan a corroborar las presunciones que existen en Wall Street, aunque se mantienen cautos sobre lo que pueda ocurrir en el futuro.
Sin embargo, hubo un banco que el 13 de agosto de 2008 se jugó en anunciar que el país estaba al borde de la cesación de pagos: Lehman Brothers. Lo más llamativo fue que ellos terminaron presentando la bancarrota un mes después.
“Los mercados han comenzado a preguntarse si el país podría está al borde de otro default. Pocos participantes del mercados, si es que alguno, han olvidado los costos y el drama asociados al default anterior. Como resultado, los mercados están altamente sensibilizados”, afirmaba en su informe.
A su vez, sostenía que “la Argentina parece deslizarse rápidamente hacia una posición desfavorable con costos prohibitivos de financiamiento, en momentos en que el fondeo es cada vez más escaso”, aunque para atajarse, concluía diciendo que estimaba que toda reestructuración potencial de la deuda era “improbable hasta 2010”.
Mala nota
La tarea de las calificadoras de riesgo es estudiar la situación financiera en la que se encuentran las empresas y ponerles una nota. En base a eso, los inversores saben el nivel de seguridad que tiene la operación que van a realizar.
Sin embargo, en los casos de Lehman Brothers y AIG fallaron en advertirle al público que ambas compañías estaban en graves problemas y que colocar el dinero en ellas podría ser arriesgado. Por el contrario, las mantuvieron dentro del grupo de las más confiables.
El caso más resonante fue el del banco de inversión ya que la agencia Standard & Poor’s (S&P) lo calificó con una A (con un máximo de AAA), Fitch Ratings con A+ y Moody’s Investor Services con A2, en los primeros días de septiembre de 2008 y el 15 de ese mes se declaró en bancarrota.
Algo similar ocurrió con AIG: S&P y Fitch la calificaron con AA- y Moody’s con Aa3 y la aseguradora debió ser rescatada el 16 de septiembre por el gobierno estadounidense quien le inyectó 85.000 millones dólares para salvarla. Al día siguiente, las tres le redujeron la nota a A-, A y A2, respectivamente, y se la mantuvieron hasta la actualidad, a pesar de los continuos problemas financieros que sigue mostrando la compañía.
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